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Teoría de la reputación

 

César Vallejo

 

He estado en la famosa taberna Sztaron de la calle de Seipel, en Budapest, taberna, según se murmura, de una secreta firma bolchevique y cuyo gerente, Osag Muchay, es tan cortés con la clientela. Muchay ha estado conmigo un gran rato, conversando y bebiendo absintio de Viena, esa destilación religiosa y armada, color de convólvulo, que extraen de una extraña gramínea salvaje, llamada «dístilo dormido». La taberna, esta tarde, se ha visto visitada por muy contados parroquianos, que entraban, estirando los miembros, bebían malvadamente ante el mostrador y se iban con gran perfección. Dos muchachas jugaban en un rincón de la planta baja, un juego dulce de hierro, con pequeñas tortugas de capa y cintas de colores. A la entrada de la misma sala, platicábamos el buen Muchay y yo. Hablábamos de las supersticiones del Asia Menor, de las salobres ciencias de aprehensión de las hechicerías.

Me despedí de Muchay y abandoné la taberna. Avancé hacia la esquina y tomé la calle de Praga, que apareció invadida
de gente. La multitud observaba por sobre los tejados las maniobras de la policía. Entereme, por crecidas puntuales y
menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que nadie sabía precisar. Un grupo de gendarmes salió de una de las torres de la iglesia de Ravulk, conduciendo preso a un hombre. Al descender el prisionero las gradas del atrio, pude verle entre la muchedumbre, trajeado de una pelliza de losanges, los ojos enormes, perrazo de gran estimación, que acabase de morder a una reina.

Hasta el comisariado fui detrás de esta gente. El comisario interrogó al preso, en tono de legal indignación:

—¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre?
—Yo no tengo nombre, señor —dijo el preso.

Se ha averiguado en Loeben, aldea donde vivía el aherrojado, por su nombre, sin conseguirlo. Nadie da razón de nada
que se relacione con sus antecedentes de familia. En sus bolsillos tampoco se ha sorprendido papel alguno. Lo único que
está probado es que residía en Loeben, porque todo el mundo le ha visto allí a diario, caminar por las calles, sentarse en los garitos, leer periódicos, conversar con los transeúntes. Pero nadie conoce su nombre. ¿Desde cuándo vivía en Loeben? Se ignora, por otro lado, si es húngaro o extranjero.

He vuelto a la taberna de Ossag Muchay y le he referido el caso en todos sus detalles y aun dándole la filiación minuciosa
del preso. Muchay me ha dicho:

—Ese individuo carece, en verdad, de nombre. Soy yo quien guarda su nombre. ¿Quiere usted conocerlo?

Me tomó por el brazo, subimos al segundo piso y me condujo a un escritorio. Allí extrajo de un diminuto estuche de acero un retazo de papel, donde aparecía, en trazos gruesos y resueltos, pero tan enredados que era imposible descifrarlos,
una firma delineada con tinta verde rana, de la que usan los campesinos de Hungría. Argumenté a Muchay:

—¿Se puede acaso tomar el nombre de una persona y esconderlo en un estuche, como una simple sortija o un billete?…
—Ni más ni menos —me respondió el tabernero.
—¿Y qué explicación tiene todo esto? ¿Cuál es, en resumen, su nombre?
—Usted ni nadie puede saberlo, pues este nombre es ahora de mi exclusiva posesión. Puede usted conocerlo, mas no saberlo…
—¿Se burla usted de mí, señor Muchay?
—De ninguna manera. Aquel hombre perdió su nombre y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya saberlo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma que usted está viendo aquí.
—Pero si él la trazó. Le será fácil trazar otra y otras.
—No. El nombre no es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una sola de las firmas, entre todas.

Sus inesperadas sutilezas de billar, empezaron a hacerme palos. Muchay, en cambio, hablaba sin vacilaciones. Encendió
su pipa con dos centellas de pedernal croata. Cerró su estuche de acero y me invitó a bajar.

—La vida de un hombre —me dijo, descendiendo la escalera— está revelada toda entera en uno solo de sus actos. El
nombre de un hombre está también revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es saber su nombre verdadero.
—¿Y en qué se funda usted para creer que la firma que usted posee es la firma representativa de ese hombre? Además, ¿qué importancia tiene saber el nombre verdadero de una persona? ¿No se sabe, acaso, el nombre verdadero de todas las personas?

—Escuche usted —me argumentó Muchay, dando inflexión prudente a sus palabras—, el nombre verdadero de muchas personas se ignora. Ésta es la causa por la cual, en lugar de apresar al obrero de Loeben, no se ha apresado al patrón de la fábrica donde éste trabajaba.
—¿Pero usted sabe el delito de que se le acusa?
—De un atentado contra el Regente Horthy.

Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.

 

Foto, Mihály Köles.