Textos

El oficio de escritor

El oficio del escritor, de la literatura, es muy complejo. Aunque sin remuneración, salvo algunas excepciones, es un trabajo arduo que necesita mucha disciplina, paciencia, perseverancia; inteligencia, acción de investigación; simpatía, dedicación, humildad, humor y amor entre muchas cosas más. El escritor es un celebrante, un cantante, un narrador, un mago, un creador (de milagros pequeños), un inspirador y sirviente de la humanidad.

La literatura es un regalo de la divinidad, de los ángeles y de otras presencias; los dioses, las musas; el duende, el espíritu. El escritor tiene el privilegio de transmitir, compartir y celebrar estos regalos en un espíritu de amistad, gratitud y humildad. Su lenguaje no es solo el de la mente sino también el del corazón y el espíritu humano. El lenguaje de la literatura es un lenguaje de paz, de conciencia y compasión.

La esencia de la poesía, de la literatura, y de las artes en general, es ausencia, presencia, fragancia; intuición, inspiración, principalmente de la vida cotidiana; una esperanza, un respiro; una celebración de este respiro, este descanso; el momento de un respiro de libertad. En este sentido, el escritor es un liberador, un luchador, es la voz del pueblo, de los desafíos de la comunidad. El desafío para el escritor es liberar al ser humano de las cadenas de la mente, de los miedos que se hacen plaga para los seres humanos (la causa de muchas enfermedades).

El escritor debe observar y celebrar la vida para plasmarla en cado uno de sus escritos; la interpretación merece el punto subjetivo, pero toda la inspiración fluye de acuerdo al entorno social en el que se vive. Además, como dice el escritor y poeta alemán Rainer Maria Rilke, es muy importante que el escritor viaje y tenga contacto con otros países, comunidades, porque los artistas deben abrir esa llave para ingresar al mundo de otras culturas, de donde obtendrán nuevas experiencias y un mejor entendimiento,incubando así lo que luego podrán llamar inspiración.

  1. H. Auden, el poeta inglés, dijo que el arte (por ejemplo, la poesía) era un acto de «compartir el pan con los muertos.» Ciertamente es la comunicación lo que es invisible, inexplicable, misterioso, y eterno —en tanto va más allá de los ciclos de nacer y morir. Es una confesión, un modo de autoperdón, empatía, compasión, y así también un camino para lograr el perdón y el entendimiento de los otros.

Las cualidades que determinan a un buen hombre, también pueden ayudar en la determinación de un buen poema, cuento o novela. De esta manera, podríamos decir que un hombre pacífico es un hombre capaz de producir un poema pacífico, es capaz de compartir esa paz a través de su poema. El poema se convierte en comunión, un compartir el pan, un compartir la palabra. Estamos aquí para honrarnos unos a otros; para curarnos unos a otros; para compartir algo de esa maravilla y ese privilegio de estar aquí juntos sobre la tierra, para ofrecernos un símbolo de paz, el regalo de un poema.

La poesía no se puede vender —no tiene ningún valor material— porque es del espíritu de lo etéreo y como tal no tiene precio. La mano sanadora de la poesía no puede ser desviada, porque es la que guía, la mano de la paz y la caridad. Una vez captada esta verdad, también hemos captado entonces la roca de lo inalienable, de lo leal, lo arraigado en la tierra. La poesía es un lenguaje espiritual particular que busca expresar el funcionamiento interno de la mente, el corazón y el espíritu del hombre en un lenguaje que se aproxima a la música. La poesía representa un diálogo pacífico. Es un medio de comunicación sin violencia ni amenaza. Tiene un papel importante que desempeñar en el proceso de paz en curso en Colombia, por ejemplo. Se ocupa de la comunidad y de la fraternidad: con los desafíos comunes a los que se enfrentan todos los seres humanos. Delinea entre las cosas, los momentos de respiro, claridad, refugio, belleza que logra a través de su abnegación, su ausencia de ego, su humildad y su apertura. Proporciona espacio de respiro para el alma; una oportunidad para posesionarnos con dignidad, libertad, sin las manillas forjadas por la mente que tan a menudo nos atan a la miseria y a la desgracia. Nos proporciona una ventana al mundo, una ventana tanto al mundo interior como exterior, por la cual podemos apreciar los verdaderos valores no materiales de la vida más plenamente: los registros de nuestros momentos más alegres, serenos, cuando somos transportados a otro reino. Cuando me refiero a comunidad, me refiero, por supuesto, en primera instancia a nuestras comunidades humanas y terrenales, pero también a nuestra comunidad no física: aquellos seres de la comunidad espiritual, como la presencia de antepasados, amigos y familiares que se han ido, también a los seres espirituales que nos acompañan desde el más allá. El poeta entonces debe aprender a acceder a esta puerta secreta, a través de la cual puede pasar a compartir con esos seres queridos a través del verso, o más exactamente, compartir  el espíritu que da lugar a la poesía en verso, a las altas fuentes de inspiración, apreciación y visión poética. El poeta puede experimentar momentos de dedicación solitaria, en su «arte sombrío de oficio practicado en la noche muerta» (Dylan Thomas), pero nunca está realmente solo en su obra e intención, porque está involucrado en la construcción de la comunidad, en llegar a otros compartiendo este anhelo más profundo, esperanzas, amores y experiencias. La memoria de tales experiencias es un testamento-fabricado, una toma de documento sagrado que nos liga a nuestro pasado y a nuestro futuro comunal; una influencia unificadora universal, energía y estímulo. Todos necesitamos influencia positiva, energía y estímulo —todos necesitamos buenos modelos y ejemplos, todos necesitamos esa mano que nos guía. Cuando alguien se enamora de la obra de un poeta, se encuentra con el alma del poeta, está entrando en la casa del poeta, compartiendo con él sus momentos más profundos: tomado de la mano de Emily Dickinson, mientras que la pequeña mosca zumba en su sitio y ella pasa por este mundo. Estamos entonces con ella en el momento de su epifanía, en su inspiración, y de hecho, asistiendo a su paso (real) en todos los niveles; en otras palabras, estamos en su momento interior de trascendencia.

Estos momentos hacen una bendición para experimentar, una bendición para compartir y elevarse de una variedad de fuentes, siendo el factor de unión el elemento de gracia. La gracia de la poesía elocuente es una concesión misteriosa, divina en su origen, por lo que deberíamos estar eternamente agradecidos. Una gran influencia y maestro en mi vida ha sido Thich Nhat Hahn, el monje budista vietnamita, trabajador de paz y escritor. En sus prácticas de meditación subraya la importancia de la concentración en el momento presente. Él dice: «El único momento para estar vivos (felices y pacíficos) es el momento presente». Él explica además «Toda clase de práctica de meditación (y yo no incluiría la práctica de la poesía aquí) debería ofrecernos más paz, estabilidad y libertad». Estas cualidades son esenciales para nuestra felicidad y bienestar. En tal sentido también quiero subrayar la importancia de la «poesía de la presencia», poesía que evoca la epifanía fiel y elocuente del momento, restaurando así la luz y la esperanza a nuestro mundo un tanto descuidado. El oficio del escritor es sobre todo un oficio de solidaridad, en el que las obras y actos de literatura devienen obras de amor, de solidaridad con otros seres humanos, obreros, viajeros, campesinos, artesanas, artistas y escritores. Y en esta solidaridad podemos sembrar las semillas de esperanza para la humanidad y el planeta.

 

 

 

 

 

 

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