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¿Es realmente el género una construcción cultural?

La idea de que el género es una construcción cultural domina gran parte de las ciencias sociales contemporáneas, por ello, este texto buscará problematizarla mediante cuatro objetivos: analizar el constructivismo como epistemología, cuestionar el género como constructo cultural, presentar investigaciones científicas que refuten tal noción y resaltar sus consecuencias epistemológicas.

Texto publicado en Nullius In Verba Site el 6 de junio de 2018.

La idea de que el género es una construcción cultural domina gran parte de las ciencias sociales contemporáneas, lo cual no sería extraño si no fuese porque se trata de un argumento fallido. Tal creencia, surgida más por error que por  certeza,  ha  logrado  instalarse  con absoluta comodidad en disciplinas como sociología y antropología. Por ello, este texto buscará problematizarla mediante cuatro objetivos: analizar el constructivismo como epistemología, cuestionar el género como constructo cultural, presentar investigaciones científicas que refuten tal noción y resaltar sus consecuencias epistemológicas. Como deberá sospecharse, la justificación del  texto  no solo responde al análisis de un tópico específico sino también a necesidades epistemológicas y disciplinares fundamentales que ponen en juego (o en riesgo) la cientificidad de la ciencia social.

Desde hace un tiempo, varios científicos sociales han optado por descalificar básicamente todo lo que las ciencias naturales (etología humana, genética poblacional, neuropsicología o psiquiatría) postulen sobre el comportamiento humano. Sin embargo, visto de cerca, tal criticismo no es más que un síntoma que revela la nula capacidad que muestran determinados académicos para entender lo que postulan disciplinas basadas en diferentes epistemologías y métodos.

 

 1.0. El constructivismo como epistemología

El constructivismo, antes que una teoría, es una epistemología que  desde su emergencia cambió las reglas de la investigación científica. Desde el constructivismo radical cibernético (Watzlawick y Krieg, 1995),  el construccionismo psicológico (Ibáñez, 2003), el constructivismo antropológico (Latour, 2003; Latour y Woolgar, 1995), el constructivismo biológico (Maturana, 1995, 1997) hasta el constructivismo sociopoiético (Arnold-Cathalifaud, 2004) –que se jacta de ser la nueva teoría social hispanoamericana (Osorio et al., 2008)– todos comparten una idea nuclear: la realidad no es un ente independiente de la consciencia (ente objetivo) sino una construcción construida por ella.

Esta idea, que posee un claro correlato epistemológico (pues si no hay una realidad objetiva, el conocimiento destinado a aprehenderla tampoco puede ser objetivo), fue trastocada mediante desatornilladas lecturas en física cuántica (que generaron ideas como « la realidad no existe » o « es inventada ») y hasta mezclada con la noción posmoderna de la muerte de la ciencia (Camejo, 2006). Por esta razón, los constructivismos tienen como estrategia la elaboración de un parteaguas entre « positivistas » y constructivistas que sirve para dejar en claro que, mientras aquellos emulan a las ciencias naturales para construir teorías y defender la existencia de una realidad objetiva, estos postulaban que la realidad es construida, por ello, solo podemos interpretarla.

Un constructivismo todavía recordado es el sociológico de Peter Berger y Thomas Luckmann, expuesto en La construcción social de la realidad [1966]. Este libro, deudor de la fenomenología social de Alfred Schütz (i) y del concepto de lenguaje (ii) , postuló que:

« La vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada por los hombres y que para ellos tiene el significado subjetivo de un mundo coherente » (2003: 34).

No obstante, lo que parecía un planteamiento fresco, escondía una gran polémica; al ser la realidad el concepto central de  su argumento había que definirla y para ello los autores enunciaron las ideas más insólitas de la teoría social contemporánea: « la realidad se construye socialmente »  (ibíd.  11)  y  « la  sociedad  existe  solo  en  cuanto  los individuos tienen conciencia de ella » (ibíd. 101) –apreciaciones que son ignoradas por quienes aún hacen referencia al texto, por algo fue « uno de los libros de teoría sociológica más leídos de su tiempo » (Ritzer, 1997: 85). La razón del análisis epistemológico del constructivismo se aprecia en el siguiente extracto, el cual realiza el mismo parteaguas que sus pares:

« hemos tratado de mostrar […] por qué debemos considerar las versiones corrientes de las explicaciones funcionalistas en las ciencias sociales como malabarismo teórico. Además, confiamos en haber expuesto el fundamento de nuestra convicción de que una sociología puramente estructural está expuesta […] al peligro de reificar los fenómenos sociales. […] En contraste con algunas modas de teorizar que prevalecen en la sociología contemporánea, las ideas que hemos tratado de desarrollar no plantean ni un «sistema social» ahistórico, ni una  «naturaleza humana» a-histórica. El enfoque utilizado aquí es, tanto no-sociologista, como no- psicologista. » (Berger y Luckmann, 2003: 227-228)

 La construcción de Berger y Luckmann no fue más que un one hit wonder, un texto que obtuvo seguidores más por su maleabilidad que por su exactitud. Por ello, tras 25 años de publicado, los autores sostuvieron que fueron malinterpretados pues al oír el término constructivismo « salen corriendo » (Berger, 1992; Luckmann, 1992). Lo cierto es que ambos académicos se desentendieron, dedicándose luego a cosas diferentes –algo similar a lo acontecido con Thomas Kuhn y La estructura de las revoluciones científicas que, junto con La construcción, son obras de las que todo mundo quiso hablar excepto sus autores. Ya para ese tiempo el constructivismo recibía fuertes críticas, como la del filósofo de la ciencia Ian Hacking:

« La construcción ha sido la última moda. Por eso muchos tipos de análisis invocan el nombre de construcción social, lo que hace que se mezclen objetivos completamente diferentes. Un enfoque construccionista que lo envuelve todo ha llegado a ser bastante monótono –en ambos sentidos de la palabra, aburrido y plano–. » (2001: 69)

Según el físico Alan Sokal:

« Los primeros adversarios de la visión científica del mundo son los posmodernistas académicos y los constructivistas sociales extremos. Insisten en que el llamado conocimiento científico no constituye conocimiento objetivo de la realidad externa sino que es una mera construcción social en igualdad de rango y validez con los mitos y las religiones. » (2011: 2)

Según el filósofo Paul Boghossian:

« La idea de que hay «muchas maneras igualmente válidas de ver el mundo», de las cuales la ciencia sería tan sólo una más, ha echado hondas raíces, especialmente en el mundo académico […]. En vastos sectores de las humanidades y de las ciencias sociales esta clase de «relativismo posmoderno» sobre el conocimiento ha adquirido el estatus de una ortodoxia. » (2009: 17)

 

Según el biólogo Ricardo Cabrera:

« A estos intelectuales se los identifica habitualmente con las corrientes posmodernistas, relativistas culturales, relativistas epistemológicos, constructivistas sociales, etcétera. Todas estas corrientes son anticientíficas. Fomentan la irracionalidad, la tolerancia al pensamiento mágico, la proliferación y el avance de las pseudociencias. […]

En la Argentina, los profesorados de ciencia someten a los estudiantes a un bombardeo de creencias relativistas del estilo «no hay verdades objetivas», «el pensamiento científico no persigue la verdad», «hay una ciencia de cada cultura y cada cultura tiene su verdad», «el conocimiento científico es una construcción social» y cosas por el estilo. Es […] el discurso oficial de nuestros profesorados, de donde salen los docentes de ciencias que a su vez lo trasmitena los más jóvenes. » (2011: 31)

 A pesar de todo, el constructivismo logró lo que toda propuesta ampliamente criticada obtiene: arraigo en Latinoamérica, región de recicladores de teorías. Dado que por estos lares la ideología se antepone a la razón, el constructivismo pasó a formar parte de las llamadas corrientes postpositivistas (Toledo- Nickels, 2003) que conciben a la ciencia social como una « ciencia blanda » (Kahhat, 2003). No importa si tales perspectivas son acientíficas o si carecen de coherencia proposicional; si hablan del sujeto, el sentido, el lenguaje, la acción, son enemigos de eso que llaman « positivismo » (Gaeta, 2012) y tienen cierto tufillo anarco –recursos visibles en corrientes como fenomenología, etnometodología, hermenéutica o interpretativismo, donde las metáforas se anteponen a los conceptos (Geertz, 2003; Ritzer, 1997)– entonces pasaban  a formar parte de las modas académicas. Según el sociólogo Jaime Osorio:

 

« Como sucede con muchos cuerpos teóricos, dada en general la ausencia de formación filosófica y epistemológica en los espacios en donde se enseñan las ciencias sociales y las humanidades, se han asumido planteamientos posmodernos no siempre por un conocimiento y discusión de sus fundamentos, sino, […] por el peso de las modas intelectuales y el afán de «estar al día» » (2009: 143)

 

Sin embargo, lejos de haber desaparecido, el constructivismo se ha expandido escandalosamente. Según el antropólogo Carlos Reynoso

« Invito al lector a que busque en Google o en cualquier motor de búsqueda la expresión «social construction of» o «construcción social de». Hoy (octubre de 2007) el retorno de ambos queries retorna 1.550.000 y 225.000 punteros, respectivamente. […] Resulta divertido observar qué es lo que se reputa construido socialmente; sólo para empezar encontramos: la realidad, el crimen y la criminalidad, la tecnología, la madre y el padre, el género, la exclusión, un profesor universitario, la temporalidad, el valor de uso, las identidades educacionales, la homosexualidad, el conocimiento, la naturaleza, el lenguaje, el libre comercio, el territorio periférico, el retrato en daguerrotipo, la mente, los hechos y los artefactos, la validez, el lesbianismo, la episiotomía, la confianza, la enfermedad, la enseñanza, la información, el patrimonio, el blogspace, la organización, el hip hop, los hechos científicos, la política social [sic], el infierno, la mediocridad, Sarbanes-Oxley, los quarks, los orangutanes y la persona educada » (2008)

Al hablar de constructivismo y antropología puede que recordemos la obra de Bruno Latour, ampliamente criticada (Reynoso, 2015) y hasta catalogada de « estupidez » (Bunge, 2012), sin embargo, aquí refiero al constructivismo de género, surgido no de las exploraciones etnográficas sobre sexualidad primitiva sino, para mayor exactitud, de su interpretación posterior. Desde el mítico lema « la mujer no nace, se hace » de Simone de Beauvoir hasta la performatividad de Judith Butler y lo queer, fueron los feminismos contemporáneos (Paglia, 2005; Sommers, 2016a), mediante la « teoría » de género, los que emplearon etnografías de Margaret Mead y otros para postular que la cultura es la causa de la variabilidad de género en diversas sociedades humanas (Cabré, 2005; Martin y Voorhies, 1978; Méndez, 2008; Moore, 2009). En otros términos, si muestras propensión hacia determinados ítems (sociabilidad, matemática, ciencia, muñecas, rugby, comedias románticas, gore o trabajo social) se debe a la influencia sociocultural y no a un componente biológico. Según la antropóloga Marta Lamas:

« al existir hembras (o sea, mujeres) con características asumidas como masculinas y machos (varones) con características consideradas femeninas, es evidente que la biología per se no garantiza las características de género. […] si en diferentes culturas cambia lo que se considera femenino o masculino, obviamente dicha asignación es una construcción social, una interpretación social de lo biológico; lo que hace femenina a una hembra y masculino a un macho no es pues, la biología » (2013: 110)

Sin embargo, tal como los otros constructivismos, la epistemología del constructivismo de género esconde una tesis relativista: si no existe una ciencia objetiva, las ciencias naturales tampoco pueden serlo. Según Maria Teresa Citeli:

« muchos estudios  feministas fueron señalando que las afirmaciones de las ciencias biológicas sobre los cuerpos femeninos y masculinos […] no pueden ser tomadas como espejo de la naturaleza porque las ciencias, como cualquier otro emprendimiento humano, están impregnadas por los valores de su tiempo. » (2001: 133) [Traducción del autor]

Según la historiadora Joan Scott:

« Me parece significativo que el empleo de la palabra género haya surgido en un momento de gran confusión epistemológica que, en algunos casos, implica que los científicos de las ciencias sociales cambien sus paradigmas científicos por otros literarios (que dejen de poner énfasis en la causalidad y lo pongan en el sentido, haciendo confusos los géneros de investigación, según la frase del antropólogo Clifford Geertz); y, en otros casos, la forma de los debates teóricos entre quienes afirman la transparencia de los hechos y quienes insisten en que la realidad es fruto de una interpretación o una construcción » (2008: 64)

Dado el innegable contexto posmoderno en el que se estableció, el constructivismo de género no fue cuestionado. Así, el tiempo transcurrió: Geertz se hizo leyenda, los estudios culturales y los estudios de género explotaron en EEUU, el posmodernismo se volvió canon, Lacan y Foucault se adueñaron de las facultades de Letras, aconteció el grandioso Sokal hoax, la antibiología fue norma y el anticientificismo se volvió trending topic. Así, las ciencias sociales se alejaban cada vez más de las naturales y dado que son los posmodernos quienes dictan los cursos de epistemología, todo se contó desde su inclinada perspectiva.

¿Resultado? El constructivismo de género fue aceptado por medio mundo (Alberdi, 1999; De Barbieri, 1993; Dorlin, 2009; Martín, 2008; Martínez-Herrera,2007; Méndez, 2008; Moore, 2009; Serret, 2006; Stolcke, 1999; Tubert, 2003), incluyendo a instituciones como la OMS (iii) y a la revista National Geographic (iv). En la literatura peruana, la cosa no es tan diferente (Bruce, 2016; Cáceres,2015; Cáceres et al., 2015; Cépeda y Flores, 2011; Degregori, 2013; Fuller, 1988,1993, 1997, 2004; Kogan, 1993, 1999, 2003; León, 2013; Lerner, 2016; Limo,2016; Mannarelli, 2004; Moromisato, 2008; Motta, 2016; Nureña, 2009; Nureñaet al., 2008; Pereira, 2016; Ríos Burga, 2009; Rosales, 2016; Salazar, 2015; Silva Santisteban, 2016; Zavala y Bariola, 2007). Nadie sostiene ya que la biología se relacione al género y si alguien se atreve será tildado de esencialista, positivista, cientificista, biologicista, homófobo y siervo de Monsanto.

Mientras sexo refiere a diferencias anatómicas entre macho y hembra, género atiende a sus atributos comportamentales: macho rígido, hembra sensible. ¿Dónde habitó, entonces, el error? El problema del constructivismo de género se implanta a nivel de la explicación, no al de los hechos: sostener que la cultura explica la variabilidad de género implica aceptar que la biología es universal, es decir, que no existen diferencias fisiológicas entre un masái africano que combatecon leones y una norteamericana adolescente fanática de Hello Kitty. Por ello, para poner en cuestión al constructivismo de género, bastaría con demostrar que la biología puede explicar por qué, en promedio, los hombres son rígidos y las mujeres, sensibles.

Realizando apenas un breve mapeo uno encuentra que existen diversos estudios (Archer, 1996; Baron-Cohen, 2005; Buss, 1995; Campbell, 2010; Caplan et al., 1997; Eagly y Wood, 1999; Geary, 2010; Ingalhalikar et al., 2014; Jones et al., 2000; Kimura 1992, 2004; Kimura y Galea, 1993; Le Vay, 1994; Lippa, 2010; Meitzen, 1986; Schneider et al., 2000; Shackelford et al., 2002), tanto transculturales (Costa et al., 2001; Del Giudice et al., 2012; Lippa, 2009; Schmitt et al., 2008) como experimentales –con bebés recién nacidos para descartar la variable cultural (Baron-Cohen et al., 2000; Diseth, 2008)–, que evidencian una misma tesis: la biología participa activamente en la constitución del género, incluso mediante diferencias visibles en tópicos como los de juego (v) , agresividad, elección profesional, orientación espacial, razonamiento matemático, reacción a eventos, entre otros.

El famoso caso John/Joan es un ejemplo importante que evidencia, además, la peligrosidad del constructivismo de género. Bruce Reimer nació en 1965 pero, tras una negligencia médica durante su circuncisión, su sexo fue reasignado al de una mujer, llamándose Brenda. El psicólogo John Money, afín al constructivismo y reconocido por Marta Lamas (2013: 112) y la feminista Regina Limo (2016) como un referente teórico importante, les aconsejó a los padres que criaran a Bruce como niña. Sin embargo, “ella” no quería usar vestidos ni jugar con cocinitas; quería afeitarse y orinar de pie (vi). Ya de adolescente le revelaron toda la verdad, Brenda pasó a llamarse David, contrayendo matrimonio a los 23 años. No obstante, era demasiado tarde: su padre se volvió alcohólico, su madre cayó en depresión y su hermano se suicidó en el 2002. Dos años después, David Reimer cometió suicidio. El año 2000, el periodista John Colapinto publicó un libro sobre el caso cuyo título fue Tal como la naturaleza lo hizo.

El caso de los niños güevedoces de República Dominicana es ciertamente resaltante. Se trata de niños que son criados como niñas (incluso adoptando nombres femeninos) ya que nacen sin órganos masculinos visibles. Según un reportaje de la BBC, uno de los niños contó que se negaba a usar vestidos oa jugar con niñas pues prefería el fútbol(vii) . Sobre este tipo de casos, la endocrinóloga Julianne Imperato-McGinley (1991) sostuvo que los niños, a pesar de su crianza feminizada,  mostraban  una afinidad  natural  a las actividades  masculinas –la ausencia de la enzima 5-α reductasa, encargada de convertir la testosterona en dihydrotestosterona (responsable del descenso de los órganos sexuales masculinos en la pubertad) era la causante de todo.

La transexualidad infantil es otro tema relevante. Según un reportaje realizado por la BBC, en el cual se recogieron testimonios de especialistas, Juan Carlos Tapia declaró: « No se trata de algo pasajero. A las niñas trans les gusta jugar con muñecas. Los niños trans prefieren entretenerse con los autos » (viii). Una aproximación similar sobre la orientación sexual fue suficiente para que el médico Elmer Huerta afirmara que esta « es genética » (2014).

El mundo animal también ostenta casos semejantes. En la reserva de Moremi, Botsuana, algunas leonas empezaron a actuar como machos: les creció la melena, marcaban el territorio, rugían mostrando dominancia y hasta « montaban » a otras hembras. La investigación dirigida por el zoólogo Geoffrey Gilfillan (2016) reveló que tal comportamiento se debía a niveles altos de testosterona.

El año 2010, la televisión noruega emitió una serie de documentales titulado Hjernevask (Lavado de cerebro) (ix) que exploraba tópicos como raza, inteligencia, homosexualidad, género, etc. El primer episodio, titulado “La paradoja de la igualdad”,  tenía  por fin discutir  por qué en Noruega  había  notoriamente más mujeres en medicina y enfermería, y más hombres en ingeniería, a pesar de ser el país con la mayor tasa de equidad de género en el mundo. Tras una serie de entrevistas, académicos noruegos del Nordic Gender Institute (NIKK) postularon que tal brecha profesional era consecuencia de una persistente crianza basada en estereotipos de género, mientras que científicos noruegos, ingleses y norteamericanos sostuvieron que el problema trascendía lo social. Tras recoger ambas perspectivas, las confrontaron, lo que permitió observar las nerviosas reacciones de los académicos noruegos al no poder rebatir lo que las investigaciones científicas mostraban: diferencias innatas de género. Cuenta la historia que tras la emisión del documental, el Consejo Nórdico cerró el NIKK, congelando su presupuesto ascendente a 56 millones de euros (x). Distintos medios describieron el suceso como “el fin de la ideología de género” (xi).

Aparentemente, todo lo que ha sido tipificado como género por las ciencias sociales, ha sido tratado con éxito por las ciencias naturales. El problema, por tanto, no es que unos estudien el género mientras que otros, el sexo; el asunto es que es imposible comprender qué es el género si no sabemos qué es el sexo. Así, el constructivismo de género contribuye con la ideología de la tábula rasa que, según el cognitólogo Steven Pinker (2003), ignora el aspecto heredado del comportamiento humano promoviendo una imagen falsa del mismo (xii). Y es que aquellas corrientes que en su momento juraron combatir la ortodoxia, ahora toman su lugar: el espíritu anticientífico de los estudios de género (repletos de violentos feministas que se creen con derecho de capturar las universidades para impedir la presencia de académicos contrarios a su infantil idiosincrasia, como ocurrió en Ottawa (xiii), Toronto (xiv) y Berkeley (xv), o de censurar, en Australia, la proyección del documental sobre los derechos del hombre, The red pill (xvi)) hace que gestar un verdadero diálogo parezca imposible. Según el sociólogo Héctor Ricardo Leis:

« Aquellos sociólogos que neutralizan o disminuyen la importancia de la naturaleza humana para comprender la vida social y que […] presuponen la bondad de la acción social están afirmando algo más […] que una hipótesis científica: están transformando tales supuestos en fundamentos míticos o religiosos de sus trabajos, de modo tal que los mismos no pueden ser discutidos […] y mucho menos refutados […]. Lo más gracioso de esto es que estos sociólogos no perciben que están operando de un modo no científico. Precisamente su reduccionismo les impide ver que sus supuestos son más religiosos que científicos. » (2002: 20)

Según el psicólogo Emilio García:

« El modelo estándar de las ciencias sociales ha impuesto como académicamente correcto, y también políticamente, la consideración de que las diferencias entre los seres humanos, y más concretamente entre hombres y mujeres, son debidas predominantemente al medio sociocultural, los aprendizajes y socialización. Pero estos supuestos ambientalistas en extremo son muy difíciles de mantener ante las investigaciones disponibles » (2003: 12).

 La relación antibiologismo-posmodernismo-pseudociencia es evidente pues el constructivismo de género no encuentra evidencia alguna. Según lo discutido, el rótulo « ideología de género », causante de una feroz polémica (Bedoya, 2017 (xvii); Bruce, 2016; Bruce, 2016; Davelouis, 2016; Kanashiro, 2016; Lauer, 2017; Limo, 2016; Motta, 2016; Ortega, 2016; Pereira, 2016(xviii) ; Sifuentes, 2016; Silva Santisteban, 2016; Zegarra, 2016), tendría su razón de ser. Perseguir la justicia social mediante la obtención de derechos, no implica contravenir la evidencia científica –actitudes como estas no deberían ser desatendidas. Desde un punto de vista científico, toda proposición que no muestre evidencia pero insista en constituirse como verdadera, puede ser catalogada de ideológica (xix). Por ello, tanto la afirmación de Carlos Iván Degregori, Jaime Ávila y Pablo Sandoval –« los  estudios  de Género  han sido  uno de los aportes  más importantes  de  y para la disciplina en lo que a teoría y metodología se refiere » (2001:  49)– así como la de Salomón Lerner Febres –los estudios de género « poseen un discurso filosóficamente riguroso » (2016)– me resultan desconcertantes pues, luego de lo examinado, no encuentro aquello que señalan. Las influencias teóricas, metodológicas y filosóficas  de los gender studies (postestructuralismo y posmodernismo: Foucault, Derrida, Lacan, Kristeva  –AKA  French theory) no constituyen conocimiento científico  fiable  pues  han  sido  tildadas  por  Jon Elster de « obscurantismo » al promover una « falta de respeto por los estándares  de argumentación  y la evidencia »  (2013). Así, el constructivismo de género está bastante lejos de siquiera servir como material empírico para futuras investigaciones. Preguntarle a la gente qué cree sobre el género no es, definitivamente, la mejor forma de saber qué es el género.

Negar que el género sea una construcción cultural no significa afirmar que la biología lo determine ni implica negar que posea un aspecto social. El objetivo del texto ha sido discutir la importancia de lo biológico en la constitución del género (incluso tal como ha sido definido por las ciencias sociales más « blandas ») mediante referencias científicas, lo cual no solo evitará el reduccionismo cultural o el aislamiento disciplinar sino que enriquecerá el debate al posibilitar que lectores y estudiantes puedan discutir con autonomía sin que ningún conocimiento sea tergiversado y/o vetado por profesores incapaces o por « científicos » que más parecen ideólogos. Y aunque se trata de un debate abierto (Fausto-Sterling, 1985, 2006; Fine, 2010; Spelke, 2005), queda claro que ninguna alternativa seria se plasmará mediante constructivismos, reduccionismos, posmodernismos, relativismos y antibiologismos. ¿Qué les espera a nuestras ciencias sociales si sus promotores le dan cabida a la pseudociencia más por corrección política que por ética científica? ¿Qué clase de conocimientos podríamos delegar a las futuras generaciones? Al igual que Baron-Cohen, como en dicho documental, sostengo: « no estoy diciendo que todo sea biología, simplemente estoy diciendo «no olviden la biología» ».

Cuando comprendamos que la antropología no es una disciplina que tenga por objeto una parte del fenómeno humano (como la psicología para la mente, la neurología para el cerebro, la etología humana para el comportamiento, la arqueología para la cultura material o la sociología para los fenómenos sociales) sino su totalidad, entenderemos que una antropología científica jamás podrá edificarse sesgando voluntariamente su objeto de estudio; ella debe ser naturalmente transdisciplinar. Si vamos a discutir fenómenos humanos, comencemos por situarlos entre naturaleza y cultura –he aquí nuestra mayor riqueza disciplinar vilmente abandonada. La antropología, a pesar de los golpes recibidos (por antropólogos), sigue siendo la Ciencia Total del Hombre, sin embargo, será responsabilidad de todos nosotros (o de los que quieran adjudicarse tal fin) sacarla de la crisis en la que todavía se encuentra. El espectro posmoderno (Morales, 2013) está presente aun en nuestra academia pero será cuestión de tiempo y, sobre todo, de iniciativa para que desaparezca de una buena vez, por la salud académica de todos los que así lo deseamos.

Notas

i).  A la que tildaron de « método puramente descriptivo y […]  «empírico», pero no «científico» » (Berger y Luckmann, 2003: 35), contradiciendo lo que el mismo Schütz
ii).  Se lee: « la comprensión del lenguaje es esencial para cualquier comprensión de la realidad de la vida cotidiana » (ibíd. 53).
iii).  Según la OMS: « El género se refiere a los conceptos sociales de las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres ». Ver: http://www.who.int/topics/gender/es/
iv).  Su último número (enero 2017, 40, n. 1), dedicado enteramente al género, insinúa la idea de su construcción cultural.
v).  Para contrarrestar el « sexismo », distintas feministas han impulsado la creación de juguetes neutrales (gender-neutral toys), sin embargo, tal como lo discute Christina Hoff Sommers (2016b), que las niñas jueguen con muñecas y los niños con naves sería impermeable al condicionamiento
vi).  Ver: https://www.abc.es/sociedad/20150824/abci-david-reimer-experimento-sexo-201508211445.html
vii).  Ver: www.bbc.com/mundo/noticias/2015/09/150921_republica_dominicana_guevedoces_genetica_ac_lav
viii).  Ver: http://www.bbc.com/mundo/noticias-37875836
ix).  Ver: https://temcasite.wordpress.com/2016/06/12/hjernevasklavado-de-cerebro-2010/
x).  Ver: http://www.elsalvador.com/articulo/editoriales/teoria-genero-vino-abajo-noruega-63979
xi).  Ver: http://gaceta.es/noticias/documental-desmonto-ideologia-genero-07072014-1436
xii).  Para exponer el aspecto epistemológico, en mención al subtítulo del texto de Pinker, en vez de « negación moderna de la naturaleza humana », prefiero hablar de la « negación posmoderna de la naturaleza humana ».
xiii).  Ver: http://www.titleixforall.com/extremists-disrupt-dr-janice-fiamengos-lecture-at-university-of-ottawa-video/
xiv). Ver: http://www.macleans.ca/education/uniandcollege/a-mens-rights-advocate-spoke-at-the-university-of-toronto/
xv).  Ver: https://www.theguardian.com/world/2017/feb/01/milo-yiannopoulos-uc-berkeley-event-cancelled
xvi).  Ver: https://www.theguardian.com/film/2016/oct/26/the-red-pill-melbourne-cinema-drops-mens-rights-film-after-feminist-backlash
xvii).  Citando a Foucault, Butler y Rubin, Bedoya afirma que las creencias religiosas « apuntan a negar la construcción social del género » (2017). Me pregunto si pensará lo mismo de las investigaciones científicas aquí.
xix).  « No es correcto oponer, a manera de antónimos, ‘ideología’ y ‘hechos’ […]. De hecho, existen ‘ideologías’ con base científica y factual », afirma Pereira (2016). Sin embargo, de haber algún sistema proposicional plausible de verificación, se le llamaría hipótesis, tesis o teoría. Ningún juicio sano catalogaría como ideología a la gravedad, la herencia genética o la evolución cultural.
xx).  En mención a los estudios de género, luego del constructivismo, habría que agregar la brecha salarial de género, la igualdad neurocognitiva entre hombres y mujeres o la noción de « patriarcado », que han demostrado ser desde ampliamente debatibles hasta empíricamente inexistentes.

 

Bibliografía:

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Baron-Cohen, S. (2005). La gran diferencia. Cómo son realmente los cerebros de hombres y mujeres. Barcelona: Editorial Amat.
Baron-Cohen, S., Connellan, J., Wheelwright, S., Batki, A., y Ahluwalia, J. (2000). Sex differences in human neonatal social perception. Infant Behavior & Development, 23, 113–118.
Bedoya, C. (2017). ¿Quiénes son #ConMisHijosNoTeMetas? LaMula. Consultado el 10-01-2017. Disponible en: https://carlosbedoya.lamula.pe/2017/01/08/quienes-son-notemetasconmishijos/ carlosbedoya
Berger, P. (1992). Reflections on the twenty-fifth anniversary of The social construction of reality. Perspectives, 15(2), 1-2.
Berger, P. y Luckmann, T. (2003). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.
Boghossian, P. (2009). El miedo al conocimiento. Contra el relativismo y el constructivismo. Madrid: Alianza Editorial.
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